Tres maestros

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Es desde dentro, pues, desde el alma exclusivamente, como Dostoievski transforma el mundo en arte, desde dentro lo sujeta y lo suelta. Esta clase de arte, el más profundo y humano de todos, no tiene precedentes en la literatura, ni rusa ni universal. A lo sumo, algún pariente lejano. Los espasmos y la miseria, los desorbitados sufrimientos de los hombres que tienen que doblarse bajo la garra de un destino avasallador, recuerdan a veces a los trágicos griegos, también a Miguel Ángel, por la tristeza mística, pétrea e irredimible de sus almas. Pero el verdadero hermano de Dostoievski de todos los tiempos es Rembrandt. Ambos proceden de una vida de penalidades, privaciones y desprecio, excluidos de lo terrenal, fustigados por los esbirros del dinero y arrojados al abismo más profundo de la existencia humana. Ambos conocen el sentido creador del contraste, el eterno combate entre luz y sombra, y saben que ninguna belleza es más intensa que la belleza sagrada del alma, que nace de la sobriedad del ser. Así como Dostoievski saca sus santos de entre los campesinos rusos, los criminales y los jugadores, Rembrandt encuentra los modelos para sus figuras bíblicas en las callejuelas del puerto; ambos descubren en las formas inferiores de la vida una belleza nueva y misteriosa; ambos encuentran a su Cristo en la escoria del pueblo. Ambos conocen el juego de acciones y reacciones de las fuerzas terrenales, de luz y tinieblas, que actúa con igual poder en los cuerpos vivos como en las almas, y que aquí como allí la luz procede de las últimas tinieblas de la vida. Cuanto más se adentra la mirada en los cuadros de Rembrandt y en los libros de Dostoievski, más claramente les arranca el último secreto de las formas del mundo y del espíritu: la Humanidad universal.


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