Tres maestros
Tres maestros Pero donde más sorprende este análisis de los sentimientos en la obra de Dostoievski es en el tema del amor. El mayor de sus logros es el de haber llevado hasta alturas y profundidades insospechadas, hasta la fuente última del conocimiento, la novela, y con ella toda la literatura, que desde hacÃa siglos, desde la antigüedad, se habÃa concentrado en este sentimiento central entre hombre y mujer como fuente primera de toda existencia. El amor, que para otros poetas es el fin supremo de la vida, el objetivo final de la obra de arte, para Dostoievski no es un elemento primigenio, sino sólo un peldaño de la vida. Para los otros el instante glorioso de reconciliación y de equilibrio de todas las diferencias suena en el momento en que el alma y los sentidos, el sexo y el sexo, se diluyen totalmente en sentimientos divinos. En el fondo, el conflicto vital de los demás poetas es ridiculamente primitivo en comparación con el de Dostoievski. El amor toca al hombre como una varita mágica, es el secreto, la gran magia, el último misterio de la vida, inexplicable, indemostrable. Y el amante ama: es feliz si consigue lo que desea, desdichado si no. Ser correspondido en el amor es el cielo de la Humanidad en todos los poetas. Pero el cielo de Dostoievski es más alto. Para él, el abrazo no es todavÃa unión, la armonÃa no es todavÃa unidad, el amor no es un estado de felicidad, un equilibrio, sino lucha más enconada, dolor más intenso de heridas eternas y por lo tanto un instante de aflicción, una aflicción por la vida que es más fuerte que en cualquier otro momento. Los personajes de Dostoievski no se tocan cuando se aman. Al contrario, nunca se sienten tan agitados por las contradicciones de su ser como en el momento en que el amor se siente correspondido por el amor, pues no se dejan llevar por el entusiasmo, sino que tratan de superarlo. Verdaderos hijos de su alma dividida, no se detienen en este último segundo. Desprecian la suave culminación de este momento (por el que todos los demás suspiran como el más bello) en que el amante y la amada aman y son amados con la misma fuerza, pues esto serÃa armonÃa, un final, un lÃmite, y ellos viven sólo por lo ilimitado. Los personajes de Dostoievski no quieren amar como son amados: sólo quieren amar y ser vÃctimas, aquel que más da y menos recibe, y pujan en locas subastas del sentimiento hasta que lo que empezó siendo un tranquilo juego se torna en jadeo, en suspiro, en combate, en tortura. En rabiosa metamorfosis, son felices cuando son rechazados, ridiculizados y despreciados, porque entonces son los que dan, los que dan sin fin y no piden nada a cambio, y por ello en este maestro de las contradicciones el odio siempre se parece al amor y el amor al odio. Pero también en los breves intervalos en que se aman de manera concentrada, por decirlo asÃ, se rompe una vez más la unidad del sentimiento, pues los personajes de Dostoievski no pueden amarse unos a otros a la vez con las fuerzas unánimes del alma y de los sentidos. Aman con unas o con otras; carne y espÃritu nunca viven en armonÃa en ellos. Fijémonos en sus mujeres: todas son Kundrys que viven a la vez en dos mundos de sentimientos, sirven con el alma al Santo Grial y al mismo tiempo queman voluptuosamente su cuerpo en los bosques floridos de Titurel. El fenómeno del amor doble, uno de los más complicados en otros poetas, es corriente y natural en Dostoievski. Nastasia FilÃpovna ama con el espÃritu a Myshkin, el buen ángel, y a la vez ama con pasión sexual a Rogozhin, su enemigo. Ante la puerta de la iglesia abandona bruscamente al prÃncipe para correr al lecho del otro y de la orgÃa del borracho vuelve al refugio de su salvador. Su espÃritu permanece en las alturas y contempla aterrado lo que hace su cuerpo; su cuerpo duerme un sueño hipnótico mientras su alma se entrega extasiada al otro. Y también Grúshenka ama y odia a la vez al primer hombre que la sedujo, ama con pasión a su Dmitri y ya con veneración completamente espiritual a Aliosha. La madre de El adolescente ama por gratitud a su primer marido y al mismo tiempo, por esclavitud, por humildad extremada, a VersÃlov. Son infinitos e inconmensurables los cambios que los demás psicólogos recogen ligeramente bajo el nombre de «amor», de la misma manera que médicos de tiempos pasados daban cabida en un mismo nombre a varios grupos de enfermedades para las cuales hoy tenemos cien nombres y cien métodos. En Dostoievski el amor puede ser odio metamorfoseado (Alexandra), compasión (Dunia), obstinación (Rogozhin), sensualidad (Fiódor Karamázov), autoinmolación, pero detrás del amor siempre se esconde otro sentimiento, un sentimiento atávico. En Dostoievski el amor nunca es un fenómeno elemental, indivisible, inexplicable, un milagro; él siempre explica y analiza este sentimiento apasionado. ¡Ah, infinitas son estas transformaciones y cada una irisada de todos los colores, ora frÃas como el hielo, ora ardiendo de nuevo, infinitas e impenetrables como la variedad de la vida! Recordaré simplemente a Katerina Ivanovna. Dmitri la ve en una baile, hace que se la presenten, la ofende y ella lo odia. Él se venga y la humilla… y ella lo ama, o en realidad no lo ama a él, sino la humillación que le inflige. Se sacrifica a él y cree amarlo, pero sólo ama su propio sacrificio, ama su propia pose de amor, y cuanto más parece amarlo más lo odia. Y este odio cae sobre la vida de Dmitri y la destruye, y cuando la ha destruido y su sacrificio se ha revelado como una mentira y su humillación ha sido vengada… ¡entonces lo ama de nuevo! Asà de complicada es una relación amorosa en Dostoievski. ¿Cómo compararla con las historias de los libros que terminan cuando los dos protagonistas se aman después de haber pasado las mil y una peripecias? Las tragedias de Dostoievski empiezan cuando las demás terminan, pues él no busca el amor, la tibia reconciliación de los sexos, como sentido y triunfo del mundo. Enlaza con la tradición de los antiguos, en los que el sentido y la grandeza de un destino no consistÃa en tratar de poseer a una mujer, sino en desafiar al mundo y a todos los dioses. En Dostoievski el hombre vuelve a levantarse, no con los ojos puestos en las mujeres, sino con la frente despejada vuelta hacia su dios. Su tragedia es más grande que la que existe entre los sexos y en la relación entre hombre y mujer.