Tres maestros

Tres maestros

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Una obra extensa acabada, un autor cree encontrar una primera aproximación y descubre algo infinito, un cosmos con sus propias estrellas en órbitas propias y una música de las esferas diferente. La mente pierde la esperanza de poder penetrar jamás en este mundo: su magia es demasiado extraña al primer encuentro; su pensamiento, demasiado velado por las tinieblas del infinito; su mensaje, demasiado enigmático para que el alma pueda mirar directamente este cielo como contempla el propio. Dostoievski no es nada si no lo vivimos desde dentro. Ante todo, en lo más profundo de nuestras almas debemos examinar la propia capacidad de simpatía y compasión y fortalecerla para conseguir una nueva y mayor sensibilidad: debemos cavar hasta las raíces más hondas y secretas de nuestro ser para descubrir los nexos con su humanidad, al principio fantástica, pero luego auténtica y maravillosa. Sólo en lo más hondo de nuestro ser, donde anidan lo eterno y lo inmutable, raíz con raíz, podemos esperar unirnos con Dostoievski, pues ¡qué extraño aparece ante nuestros ojos corporales este paisaje ruso que, como las estepas de su patria, es intransitable, y qué mundo tan distinto del nuestro! Nada amable ni ameno envuelve allí la mirada, pocas veces una hora apacible invita al descanso. Un místico crepúsculo del sentimiento, cargado de rayos, alterna con una claridad del espíritu fría, a menudo helada, en vez de un sol cálido en el cielo llamea una luz norteña, misteriosa y sangrante. Al entrar en la esfera de Dostoievski, entramos en un mundo místico, de paisaje primitivo, antiguo y virgen a la vez, y un dulce terror nos invade como ante la cercanía de elementos eternos. Pronto la admiración, llevada por la fe, ansia detenerse, mas un presentimiento advierte al corazón cautivado de que no podrá morar allí para siempre y tendrá que regresar a nuestro mundo más cálido y amable, pero también más estrecho. Avergonzados, comprobamos que este paisaje de bronce es demasiado grande para la mirada de todos los días, demasiado sofocante este aire ora helado ora ardiente para nuestro tembloroso aliento. Y el alma huiría de la majestad del terror si, sobre este paisaje implacable y trágico, tremendamente terrenal, no se extendiera un infinito cielo de bondad surcado de estrellas, cielo también de nuestro mundo, pero formando una bóveda infinita más convexa en este penetrante frío del espíritu que en nuestras zonas de clima benigno. Sólo la mirada sosegada que se eleva sobre este paisaje rumbo a su cielo experimentará el consuelo infinito de esta infinita aflicción terrenal y presentirá la grandeza en el terror, el dios en la oscuridad.


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