Tres maestros
Tres maestros Dostoievski mismo nunca nos da la mano para ayudarnos a acercarnos a él. Otros arquitectos de magnas obras de nuestro tiempo manifestaron su voluntad. Wagner legó junto a su obra una explicación programática, una defensa polémica. Tolstói abrió todas las puertas de su vida diaria, permitió el acceso a todos los curiosos, para dar cuenta de cualquier pregunta. Dostoievski en cambio nunca reveló sus propósitos si no era en la obra acabada, quemaba sus planes en las brasas de la creación. Durante toda su vida fue un hombre huraño y taciturno; apenas si disponemos de testimonios concluyentes de su vida externa, corporal. Sólo de joven tuvo amigos; de mayor, fue un hombre retraído: le parecía una merma en su amor por la Humanidad entregarse a unos pocos. Tampoco sus cartas revelan más que las necesidades materiales de la vida, el suplicio del cuerpo atormentado: todas tienen los labios sellados, si no es para proferir quejas o llamadas de socorro. Muchos años, todos los de su infancia, están envueltos en la oscuridad; hoy, aquel cuya mirada muchos de nuestra época vieron todavía arder, se ha convertido para nosotros en alguien humanamente lejano e irreal, en una leyenda, un héroe y un santo. Aquella luz crepuscular de la verdad y del presentimiento que baña las sublimes vidas de Homero, Dante y Shakespeare nos deshumaniza también su rostro. No por los documentos, sino sólo por amor y por un anhelo de saber podemos forjarnos una idea de su vida.