📕 Tres maestros (Zweig Stefan, p. 8) - PlanetaLibro.net

Tres maestros

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Y dibujar esta impronta de lo orgánico en lo inorgánico y las huellas de lo vivo en lo intelectivo, las acumulaciones de patrimonio espiritual momentáneo en el ser social, los productos de toda una época, era para Balzac la misión suprema del artista. Todo confluye, todas las fuerzas están en suspenso y ninguna es libre. Un relativismo tan ilimitado niega toda continuidad, incluso la del carácter. Balzac siempre deja que sus personajes se formen a tenor de los acontecimientos, que se modelen como arcilla en manos del destino. Incluso los nombres de sus personajes entrañan el cambio y no la uniformidad. En veinte de sus libros encontramos al barón de Rastignac, par de Francia. Creemos conocer ya, por haberlo visto en la calle y en los salones o por haberlo leído en los periódicos, a ese arribista sin escrúpulos, ese prototipo de hombre ambicioso parisino, brutal y despiadado, que se escurre como una anguila por los entresijos de las leyes y personifica magistralmente la moral de una sociedad degenerada. Pero hay un libro en el que vive también un Rastignac aristócrata joven y pobre a quien sus padres mandan a París con muchas esperanzas y poco dinero: un carácter blando, afable, comedido y sentimental. Y el libro narra cómo va a parar a la pensión Vauquer, aquel pandemónium de personajes, una de esas síntesis geniales en que Balzac encierra entre cuatro paredes mal empapeladas toda la variedad de temperamentos y caracteres, y aquí ve la tragedia del desconocido rey Lear, el padre Goriot, ve cómo las princesitas de oropel del faubourg Saint-Germain roban codiciosas al anciano padre, ve toda la infamia de la sociedad, desintegrada en una tragedia. Y luego, cuando finalmente va detrás del féretro del que pecó de demasiado bueno, con el único cortejo de un mozo y una criada, cuando en un momento de cólera ve a sus pies desde lo alto del Père Lachaise el París amarillento de suciedad y turbio como una llaga purulenta, entonces conoce toda la sabiduría de la vida. En este momento oye la voz de Vautrin, el presidiario, que resuena en sus oídos, escucha su teoría de que hay que tratar a los hombres como a bestias de carga, arrearlos delante de los carros y luego, una vez llegados a su destino, dejarlos reventar; en este momento se convierte en el barón de Rastignac de los otros libros, en el arribista inexorable y sin escrúpulos, el par de París. Y este singular segundo en la encrucijada de la vida lo experimentan todos los héroes de Balzac. Todos se convierten en soldados en la guerra de todos contra todos, se lanzan hacia delante, y el camino de unos pasa por encima de los cadáveres de los otros. Balzac enseña que todos tienen su Rubicón, su Waterloo, que se libran las mismas batallas en palacios, cabañas y tabernas, y que bajo ropas andrajosas los mismos impulsos mueven a sacerdotes, médicos, soldados y abogados; esto lo sabe su Vautrin, el anarquista, que representa el papel de todos y aparece en los libros de Balzac con diez disfraces y, sin embargo, siendo siempre el mismo y con la conciencia de serlo. Bajo la superficie nivelada de la vida moderna siguen minándola las luchas subterráneas, pues la ambición interior contrarresta la uniformidad exterior. Puesto que no hay lugar reservado a nadie, como antes al rey, a la nobleza o a los sacerdotes, y todo el mundo tiene derecho a todo, hasta tales extremos se decuplican los esfuerzos. La reducción de las posibilidades se manifiesta en la vida como multiplicación de las energías.


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