El vagabundo cantor

Fidel Prado

Aquella tarde del sábado, la calle principal del pequeño poblado de Azona se encontraba muy animada. Desde el mediodía, en que terminara el trabajo en los campos y en los ranchos de aquella parte de la comarca, los peones se habían apresurado a acudir al poblado con ánimo de solazarse, disfrutando del asueto, y por esta causa, las calles habían cobrado un aspecto de día de feria. Azona estaba situado a una distancia equidistante entre el célebre Río Pecos, al oeste, y el Devile, al este. Las comunicaciones para el poblado estaban constreñidas a un servicio de diligencias que efectuaban el recorrido tres veces por semana, de norte a sur y otras tres de sur a norte. Por ello, todos los días llegaba un vehículo sobre la hora del mediodía, pero en ruta alternada.
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