El Combate de la tapera
El Combate de la tapera Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco.
Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyóse en el interior de las ruinas que ofrecÃan buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañÃa a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar los sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.
Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caÃa ya la noche.
—Naide pite, —dijo el sargento—. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene… Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusquee las cerdas… Mucho ojo y la oreja parada!
—Descuide, sargento —contestó el cabo con gran ronquera—; no hace falta la advertencia, que aquà hay más corazón que garganta de sapo.
Transcurrieron breves instantes de silencio.