El Combate de la tapera
El Combate de la tapera Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y murmuró bajo:
—Se me hace tropel… Ha de ser caballería que avanza.
Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.
—Armen cazoleta y aguaiten, que ahí vienen los portugos. Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. Ciriaca, ¿te queda caña en la mimosa?
—Está a mitad —respondió la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las greñas recogidas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada—. Mirá, gúeno es darles un trago a los hombres…
—Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.
Ciriaca se encaminó a saltos, evitando las "rosetas", agachóse y fué pasando el "chifle" de boca en boca.
Mientras esto hacía, el dragón de un flanco le acariciaba las piernas y el otro le hacía cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma más mórbida, diciendo: “luna llena!”.