Al final mueren los dos
Al final mueren los dos Al otro lado de la ciudad, Rufus hizo lo mismo, más por curiosidad que por necesidad. Sus amigos lo animaron: —No puedes pasar este día solo, Roof. Haz algo que importe.
La aplicación los emparejó, y aunque las palabras iniciales fueron incómodas, pronto surgió una conexión que ninguno esperaba. —¿Entonces también te llamaron? —preguntó Rufus, su voz algo áspera. —Sí… esta madrugada —respondió Mateo, inseguro—. ¿Tú? —Mientras estaba dándole una paliza al novio de mi ex. Muy divertido, ¿no? —Rufus soltó una risa seca.
Mateo no supo qué decir. Rufus, sin embargo, parecía decidido a tomar las riendas. —¿Qué quieres hacer? Tenemos un día. Uno. Y no pienso perderlo.
La diferencia entre ambos era evidente desde el principio. Mateo, siempre cauteloso, necesitaba tiempo para pensar en cada paso. Rufus, en cambio, prefería lanzarse sin mirar atrás. Pero esa noche, mientras caminaban por las calles iluminadas de Nueva York, ambos comenzaron a descubrir algo que nunca esperaron encontrar en su último día: una amistad real.
—Tengo miedo —admitió Mateo, después de un largo silencio. Rufus lo miró de reojo, con una sonrisa torcida. —Yo también. Pero si algo aprendí en esta vida, es que a veces el miedo no desaparece. Solo hay que moverse con él.
