¿Puede pensar una máquina?

¿Puede pensar una máquina?

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Una variante a la objeción de lady Lovelace afirma que las máquinas «nunca hacen nada nuevo». Podemos parangonar tal afirmación al refrán: «No hay nada nuevo bajo el sol». ¿Quién puede tener el firme convencimiento de que el «trabajo original» que se acaba de realizar no es sino el desarrollo de la simiente que ha dejado en él el aprendizaje, o la consecuencia de atenerse a consabidos principios generales? Otra variante mejor de esta objeción es la de que la máquina nunca «puede sorprendernos». Es un desplante más directo, por lo que respondemos directamente. Las máquinas me sorprenden muy a menudo. Fundamentalmente porque no calculo lo suficiente para figurarme lo que van a hacer, o, más bien, porque, aunque calculo, lo hago de forma precipitada, descuidada y corriendo riesgos, y me digo: «Supongo que el voltaje es aquí el mismo que allí; bueno, supongamos que es el mismo». Naturalmente, muchas veces me equivoco, el resultado me sorprende, aunque, una vez finalizado el experimento, me olvido de mis falsas suposiciones. Con esta confesión me expongo a sermones sobre mis malas costumbres, pero no empaño mi sinceridad al dar fe de las sorpresas que experimento.





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