Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Yo, por lo menos, justificaba de este modo el cruel entusiasmo con que presenciaba aquella orgía de los elementos, aquella revolución del mundo. ¡Oh! ¡Qué poder, qué fuerza, qué intensidad de vida revelaba anoche esta naturaleza salvaje! ¡Cómo se comprendían aquellas tremendas convulsiones que abrieron el estrecho de Gibraltar! ¡Y cómo parecía natural y llano que las nubes, después de rendir al Atlas tan copioso tributo, lleguen desprovistas de agua al horizonte de los desiertos!

Pero dejémonos de poesía (que acaso no merezca a todos entera fe), y creed, bajo mi palabra de honor, que anteanoche estuvo lloviendo sin un solo instante de tregua; que así amaneció y obscureció el día de ayer, y que así ha pasado la última noche y llegado la mañana de hoy… ¡Son, pues, treinta y seis horas de aguacero continuo, sin escampar a ratos, como en Europa, sino en progresión ascendente! ¡Son treinta y seis horas de una lluvia recia, tenaz, implacable, cayendo de bajas y negras nubes sobre una tierra que vomita, como si ya estuviese ahogada! ¡Son, finalmente, treinta y seis horas semejantes a las novecientas sesenta que conoció Noé!

Ahora, que son las nueve de la mañana, el nublado comienza a abrirse. El temporal ha resuelto ceder. El viento ha cambiado… La mar duerme profundamente, como descansando de sus malas noches.


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