Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa ¿Quién sabe? ¿Quién puede imaginar todo lo que la ignorancia y la superstición de los atribulados moros habrán creído oír en la lejana gritería que llega a turbar su sueño? Quizá en este momento se asoman a las cumbres de los montes que nos separan de ellos, y fijan su ávida mirada en nuestro campo, que percibirán aislado en la obscuridad y en la niebla, tachonado todo él de rojizas lumbres, entre cuyos inmensos resplandores verán a veces fantásticas figuras, mientras que el múltiple cántico de tan misterioso regocijo se dilata cada vez más sonoro por las cañadas ocultas en la sombra.
Entonces algún santón, morador de esta comarca, vecina a la católica Ceuta, les contará con agorero acento, cómo esta noche celebramos los hijos de María el Nacimiento de nuestro Profeta; cómo tal algazara recuerda una fiesta tradicional en que la abundancia y el contento bajan en toda la cristiandad a la mesa del monarca y del mendigo; cómo los cristianos tenemos también nuestra Pascua; cómo, por último, es llegada para los amigos del Corán la mejor hora de sorprendernos y de convertir en sangre el sacrílego vino que llevamos a los labios…