Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Hasta aquí los soldados. Ahora penetremos en las tiendas de jefes y oficiales. En una, alegres jóvenes han dispuesto la cena más opípara que se puede imaginar, no ciertamente por la calidad y condimento de los manjares, sino por los nombres pomposos que les han puesto: arroz a la Muley-Abbas, sardinas a la bayoneta, almendras de espingarda, vino del Serrallo, higos del Morabito, pasas de Castillejos. En otra tienda se juega pacíficamente al tresillo. En la inmediata, se pasa revista a óperas enteras, cuyos dúos, y hasta las mismas arias, se cantan a coro. En la de más allá, algunos hombres melancólicos duermen o velan en la cama desde que se puso el sol. Pero en todas ellas, en medio del juego o de las conversaciones más animadas, sobresaliendo entre el canto y las risas, óyense constantemente los mismos dolorosos estribillos: ahora en mi casa; el año pasado a estas horas; cuando yo era niño; si escapo de la guerra; cuando vuelva a España; el día que me despedí; me escribe mi mujer; mi padre, que esté en gloria; y lo demás que podéis figuraros.

Conque hagamos punto. Creo haber demostrado que también aquí ha sido hoy día de Nochebuena. ¿Cómo no, si esto es ya territorio español, suelo cristiano, patrimonio de Jesucristo?



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