Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Por este camino, nada es más natural que venir a caer en los recuerdos de familia. El uno dice cuántos hermanos tiene, y cómo se llaman; el otro saca de una pobre cartera la última carta de su padre; este describe a su novia, poniéndola sobre todas las mujeres del universo; aquel dice qué haría si fuese pájaro, hacia dónde tendería su vuelo, por qué chimenea penetraría y a quién iría a darle la primera sorpresa. ¡Ni es mucho ver que aquel reposado coloquio termine con un Padrenuestro, cuando no con sentidas coplas, que así pueden ser de jota como de rondeña, lo mismo seguidillas manchegas que zorcicos!
Sin embargo, el canto nacional que domina esta noche es el de los Aguinaldos, con el estribillo de lo que dijo Melchor, acompañado de zambomba, imitada con la garganta. Según tengo indicado, hay entre nosotros algunas panderetas, que no sé de dónde diablos han salido, las cuales no descansan ni un segundo, percibiéndose a más, dentro de cierta tienda de oficiales, el lánguido suspiro de una flauta. En fin, y como resumen de tantos placeres y alegrías, diré la frase que acabo de oír a un centinela: «¡Chicos!… Si vuelvo a mi tierra, juro a Dios que al oír nombrar a África, aunque me pille comiendo, echo a correr y me meto en la cama». Creo que esto lo dice todo.