Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa El enemigo nos felicita las Pascuas.—Cadáveres moros.—La noche rivaliza con el dÃa.
26 de diciembre.
Ayer no he escrito. Ni ¿cómo escribir? ¡Oh, qué primer dÃa de Pascua! ¡Qué fecha tan horrible y tan gloriosa! ¡Qué dÃa y qué noche pasó este pobre ejército!
Hoy cojo la pluma para continuar mi DIARIO; y en verdad os digo que sólo yo, y tratándose de cumplir solemne promesa, encontrarÃa fuerzas en el cuerpo y en el alma para añadir una página más a esta crónica, empapada en mi sudor, en mis lágrimas y en mi sangre; ¡que sangre mÃa es, y como tal la lloro, toda la que mis hermanos derraman diariamente ante mi vista!
Escribo, sÃ, las presentes lÃneas, bajo un lienzo húmedo; hundidos los pies en cenagoso charco; sentado en un lecho que destila agua; calado ya hasta los huesos; fatigado de la acción de ayer, en que estuve a caballo diez horas, postrado por el insomnio de la noche última, que he pasado sosteniendo el palo de mi tienda, a fin de que el viento y el agua no lo derribasen.
Pero ¿qué importa todo? ¡Cerremos los ojos al espectáculo presente, y abrámoslos a los recuerdos del espectáculo pasado! ¡Nuestro triunfo de ayer bien vale todo género de sacrificios!
He aquà su memorable historia: