Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Por mi parte, durante la jornada, tuve ocasión de ver tranquila y detenidamente (¡como que estaban muertos a mis pies!) una grande y variada colección de los extraños personajes que luchan con España hace tantos días; y, si he de decir toda la verdad, el primer sentimiento que me inspiró su vista fue cierto desprecio, considerándolos indignos de medir sus armas con las nuestras, o sea juzgándolos más salvajes y fieros que patriotas. Luego cambiaron súbitamente mis ideas, y sentí noble compasión hacia aquellos bárbaros, de cuya tierra éramos seculares invasores y contumaces enemigos. Y, por último, sobreponiéndose en mí a toda otra idea la devoción artística, los hallé tan grandes, tan denodados, tan hermosos y tan inocentes, que me entristecía el considerar el odio con que me hubiesen mirado ellos, caso de volver la vida a alumbrar sus inanimados ojos.

Eran las diez de la mañana. El día estaba nubladísimo, y la mar empezaba a embravecerse bajo el látigo del Levante. En la playa no había alma viviente, aunque acababa de ser teatro de espantosas luchas… Nadie más que yo tenía en aquel momento libertad de acción para ir allí en busca de los cuarenta cadáveres enemigos que, según noticias, nuestros cazadores habían dejado a retaguardia. El lugar era melancólico de suyo, y yo caminaba sin más compañía que un sordo remordimiento por la cruel curiosidad que me guiaba en aquel instante.


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