Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa No me mueve a reparar en ello un pueril orgullo… Me he alejado demasiado de mis lares patrios y por demasiado tiempo, para engreírme hoy de encontrarme a algunas leguas de la Sierra en que nací, cuyas nevadas cimas pudiera divisar con un anteojo desde lo alto del Hacho. Hablo de tal modo porque, al sentir bajo mis pies la tierra africana, no ha podido menos de surgir ante mi imaginación la disforme grandeza de esta parte del mundo, que mide un millón doscientas mil leguas cuadradas; atravesada por el ecuador, por los dos trópicos y por mucho espacio de las zonas templadas austral y boreal; inconmensurable isla, pobremente enlazada al Asia por un débil istmo que será cortado en breve, y llena de misterios para todas las ciencias: para la Geografía, que aún no puede fijar sus reinos, sus montañas, sus ríos ni sus ciudades; para la Geología, que ignora la naturaleza y estructura de su monstruosa constitución; para la Lingüística, que desconoce en ella más dialectos que idiomas conoce en el resto del mundo; para la Botánica, que nunca herborizará en sus mortíferos bosques; para la Zoología, que aún no ha podido trazar el cuadro sinóptico de las familias de fieras y reptiles que recorren las envenenadas márgenes de los lagos de la Cafrería y el Congo; para la Iconología, que no está iniciada en el dogma de todas sus creencias ni en la significación de todos sus ídolos y monumentos; para la Historia, que no registra los días ni los siglos vividos por aquella parte del género humano; para la Diplomacia, que no tiene noticias de aquellos reinos ni de aquellas dinastías; para el Arte Militar, que no sabe a qué atenerse en punto al número y calidad de sus ejércitos; para las ciencias todas, vuelvo a decir, desde las más abstractas a las más precisas; para todas y para siempre…, ¡pues el África guarda en su corazón los caracteres del misterio, la duda y la desesperación, la eternidad y lo infinito!