Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa ¡En África especialmente! ¡Aquí todo es grande y estupendo; aquí la vida y la muerte luchan el titánico combate; aquí la naturaleza ostenta todo su lujo de hermosura y todo su poder de destrucción; crea con lo mismo que mata; devora los ríos que engendra, negándose a devolvérselos al mar; ofrece en el Sahara, como su mayor gloria, un océano desecado por perpetua canícula; da tan sólo cariñoso albergue al león, a la pantera, al tigre, al cocodrilo, al hipopótamo, a la hiena y a todos los abortos del amor y de la ira; y si bien por el lado del Septentrión luce los atractivos de la más benigna primavera, es como sirena engañadora que atrae con dulces cantos al confiado navegante para que se pierda y naufrague en un golfo erizado de escollos y remolinos!
De cualquier modo, al asentar mi planta en esta parte del mundo, donde fue Cartago, donde batalló Aníbal, donde nació San Agustín, donde vencieron Gonzalo de Córdoba y Pedro Navarro, donde brilló Hipatía y existió floreciente Alejandría, y duermen los faraones, y escribió Raimundo Lulio, y cruzaron César y Marco Antonio, y encontró Napoleón el talismán de su fortuna, yo no puedo menos de doblar la rodilla, poniendo el pensamiento en mi Dios y en mi madre patria, y exclamar como Escipión el Africano, aunque con tono bien diferente: ¡África, ya eres mía!