Diario de un testigo de la Guerra de Africa

Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Imaginaos una ciudad cuyas plazas cubiertas de hierba indican el reposo en que ha vegetado largos siglos; imaginaos diez mil hombres acampados en las calles; una indescifrable algarabía de músicas que baten marcha, y de cornetas que tocan llamada, botasillas, orden o asamblea; por una parte camillas de enfermos; por otra recuas enteras de acémilas cargadas de provisiones y víveres; por aquí fogones establecidos en el suelo, donde el uno guisa, el otro parte leña, este llega con agua, aquel se cose y se remienda; por allí un caballo en cada reja, un vivac en cada puerta, una cama improvisada en cada rincón, un bosque de fusiles en cada plaza; por un lado equipajes, por otro cañones; acá los unos que gritan, allá los otros que cantan, o estos que juran, o aquellos que se quejan, y cada cual atendiendo solamente a sí propio, o sea cuidando al mismo tiempo de sí, de su vestido, de su cama, de su casa, de sus animales, de las órdenes recibidas y de las que dan las cornetas; alguien poniéndose a escribir sobre una pila de balas; algún otro lavándose en medio de la calle; quién pensando en España y en el correo; quién en los camaradas que le aguardan en el Campamento (y de los que no sabe si son muertos o vivos); cuáles, en fin, lamentando la pérdida de su casa, que consistía en un lienzo; de su cama, que se reducía a un paño, y de su despensa, comprendida en una lata de sardinas…


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