Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Las espuelas se parecen a nuestros antiguos acicates, con la diferencia de que la púa con que se aguijonea el caballo es de una longitud extraordinaria. ¡Las he visto de cerca de una cuarta! Las bolsas son de tafilete rojo o amarillo, con flecos y adornos de seda o de la misma piel. Las monturas, generalmente forradas de paño encarnado, parapetan, por decirlo así, al jinete dentro de la silla: tan altos son sus labrados borrenes. Debajo de ellas lleva cada caballo hasta siete mantillas de paño fino, y de un color diferente. Los caballos, enjutos y de poca alzada, no tienen nada de bellos como forma, si bien su traza y contextura justifican las cualidades que habíamos, admirado en ellos, al verlos correr, saltar, subir por las laderas y revolverse en todas direcciones, obedeciendo, no a la mano del jinete (que a cada momento abandona las riendas), sino a la más ligera presión de sus rodillas. ¡Indudablemente, hay que reconocer en estos afamados corceles africanos no sé qué superioridad o privilegio físico, semejante al que caracteriza a sus dueños, verdaderos Caínes, hijos primogénitos de la Naturaleza!
También he visto y examinado prolijamente unas huertas y un aduar, en que no faltaba nada; de donde saqué en consecuencia que sus moradores murieron en la acción de ayer; pues, de no ser así, se hubieran llevado consigo, al abandonar sus chozas, muchos de los objetos que han dejado en ellas.