Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Cada una de las huertas está cercada por un seto de cañas, y encierra verdes hazas de trigo muy bien cuidadas, higueras, naranjos y otros frutales como los de Europa, enormes chumbas y cuadros sembrados de nabos y patatas. Una hermosa acequia atravesaba estas heredades.
En medio de las chozas del aduar, y en vez de pozo, como el que vi en el del Cabo Negro, había un manantial de agua cristalina, que hacía bullir la arena al tiempo de brotar. Una fina alfombra de suaves hierbas rodeaba aquella bienhechora fuente, cuyo blando murmullo convidaba a la paz y al descanso…
No lejos percibíase la era de pan trillar, como se dice en Andalucía, empedrada con mucho esmero, y, en fin, en dos o tres puntos he visto algunos pedazos de terreno con grandes matas de tabaco…
A todo esto, dos soldados, acaso los primeros que habían visitado el aduar, salían muy ufanos de una de sus chozas cargados de útiles de cocina, siendo lo más gracioso que uno de ellos, sin duda en señal de toma de posesión, hizo asta-bandera de una caña que encontró por allí, a la cual ató su único pañuelo, dejándola clavada sobre la misma choza.
—El espíritu de conquista es innato en los españoles… —exclamó mi amigo.