Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa En aquella y otras cabañas hallamos puertas de madera con goznes de hierro, semejantes en todo a las de nuestros cortijos; candiles de barro para aceite, de una forma que tenía algo de clásica o de antigua, en el sentido artístico de esta palabra; mazas dentadas para desgranar el maíz; un molinillo grande dentro de un mortero de barro, que no dudé se emplearía para hacer el alcuzcuz; grandes artesas, rastrillos y arados muy parecidos a los nuestros; algunas albardas por el estilo de las que han traído las acémilas regaladas al ejército por los aragoneses; cucharas de palo; mariscos; miel blanca; una cabeza de cordero, cuya sangre fresca indicaba que el animal había sido degollado ayer; muchas semillas de melón, calabaza, sandía, mijo y tabaco; alguna galleta de pésima calidad, y muchas tinajas, ollas y jarros de tierra cocida, cuya configuración no carecía de cierta gracia.
Añadid ahora algunas camas de hierbas secas; dos o tres otomanas de palma llenas de paja; espuertas de la misma materia llenas de sal, y varias esteras de junco, y tendréis completamente inventariado el ajuar de aquellas pobres viviendas.