Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Al regresar a este nuestro campamento (satisfecho ya en parte mi afán de arabizar), he fijado más mi atención en la naturaleza… ¡Qué vegetación! ¡Qué verdura tan deslumbradora, no obstante la estación en que nos hallamos! ¡Qué gigantescas pitas, qué desmesuradas hierbas, que enormes juncos y cañas!

Por lo demás, el canto de los millones de ranas que moran en tanto y tanto charco asorda completamente el valle; la intensa luz del sol, más viva aquí en invierno que en Francia durante la canícula, deslumbra y produce vértigos; las acres o narcóticas emanaciones de las plantas, o excitan los sentidos, o los adormecen; el viento del sur, que baja sonando del gigantesco Atlas, parece como que corta la circulación de la sangre…, y todas estas agitaciones o este letargo producen no sé qué estado febril, que fatiga y postra a un tiempo mismo.

No lo dudéis: consisten semejantes fenómenos en que este es otro mundo, en que esta no es la que pudierais llamar vuestra patria zoológica, vuestra región, nuestro medio; en que este aire, esta tierra, este sol, no fueron hechos para los hijos de Europa, en que os sentís aquí exóticos, intrusos, extranjeros… en el orden de la naturaleza.

Pero dejémonos de temerarias lucubraciones; y volvamos a las cosas de la guerra…


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