Diario de un testigo de la Guerra de Africa

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Está anocheciendo, como digo. La luna de enero, la más plácida y luminosa del año, muestra ya un estrecho limbo de oro, tendido en el cielo de poniente, sirviendo como de simbólico remate a la torre de la mezquita mayor de Tetuán. Más alto y esplendoroso que la creciente luna, tiembla sobre la alcazaba el lucero de la tarde, el melancólico Héspero, el dios que preside a las tristezas de los que vagan solos por el campo, llenos de lúgubres memorias o de irrealizables anhelos.

Entretanto, cánticos españoles resuenan al otro lado del río… Será algún soldado que vuelve cargado de leña y que, al verse solo y en la penumbra, fuera de nuestras trincheras, previene de ese modo a los centinelas avanzados: «que no tiren, que el que llega es compatriota y amigo»…

Por lo demás, figuraos el efecto que producirá la rondeña que viene cantando aquel hijo de alguien, aquel antiguo habitante de algún pueblo, aquel español expatriado…

La copla última que le he oído esta tarde decía así:

Algún día llorarás,

Cuando ya no haya remedio:

Me verás y te veré,

Pero no nos hablaremos.


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