Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa La pregunta era excusada. El semblante de Robles, pálido y demudado; su jaique manchado de sangre, y su mirada torva y afligida, nos revelaron los horrores que habÃan ocurrido en Tetuán la noche última.
—¡Mucho malo para los moros! ¡Mucho bueno para España! —respondió Robles con indefinible expresión.
A todo esto Ãbamos marchando hacia el cuartel general de O'Donnell, y rodeaba ya al enviado copiosÃsima muchedumbre.
—Pero ¡bien! ¿Se entrega la plaza o no se entrega? —le preguntamos en confianza.
—¡Se entrega! —contestó el renegado en voz baja, llevándose una mano al pecho, como indicando que entre sus ropas traÃa un importantÃsimo documento.
¡Figuraos nuestro regocijo!
—Hace bien Tetuán en entregarse —observó un soldado de artillerÃa—, pues nuestro general tiene puestos ya en baterÃa, doce morteros como doce rosas, con abundante dotación de municiones…