Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Entonces nosotros (una docena de curiosos que tenÃamos libertad para ello) metimos espuelas a los caballos y avanzamos hacia la ciudad…
Pocos pasos habÃamos andado, cuando, al revolver de unos cañaverales muy espesos, distinguimos como a medio cuarto de legua un jinete con traje blanco, que avanzaba al trote hacia nuestro campamento.
—¡Trae bandera blanca! —exclamó uno de mis compañeros de descubierta.
—No viene a caballo… Viene en mula… —añadió otro al cabo de un momento.
—¡No viene solo, le acompaña otro moro a pie! —dijo un tercero, cuando hubieron pasado algunos instantes.
—¡Es Robles! ¡Es el renegado de ayer! —repuso al fin el que primero habÃa divisado al tetuanà de la mula.
Entretanto, el tal jinete habÃa llegado ya a pocos pasos de nosotros. En efecto, era Robles.
Respondimos con los pañuelos a las señales que él nos hizo con su bandera blanca, y entonces se acercó sonriendo.
—Buenos dÃas, caballeros —nos dijo en intachable español.
—Buenos dÃas, paisano… —le respondimos—. ¿Qué hay de nuevo?