Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa —Creo —dÃjome uno—, y lo mismo cree toda mi compañÃa, haber escuchado algunos tiros dentro de Tetuán y al otro lado de sus muros. También nos ha parecido oÃr (pero esto puede ser una preocupación, nacida de lo que nos contó ayer mañana el Hach) lejanos lamentos y lúgubres ruidos que turbaban el silencio de la alta noche. No sé qué habÃa en la atmósfera o en mi corazón…, pero yo he respirado con dificultad en medio de las tinieblas; he sentido vago terror y secreta angustia, y cuando esta mañana rayó el dÃa vi a Tetuán en su sitio, tan blanco y tan inmóvil como cuando anoche lo perdà de vista, me sorprendió extraordinariamente, pues me habrÃa parecido mucho más natural no encontrar piedra sobre piedra o hallarme con que la ciudad se habÃa desvanecido como por arte de magia…
—¡Lo de los tiros es seguro, mi capitán! —exclamó un soldado—. Yo estaba de escucha allá, bien lejos, y he oÃdo más de veinte en toda la noche. ¡Y debÃan de ser en las calles de Tetuán, pues retumbaban mucho, y los tiros en campo abierto retumban poco!
En esto ya eran las ocho menos cuarto, y empezamos a notar cierta agitación en nuestro campamento, como si desde alguna altura y con ayuda de anteojos hubiese visto alguien salir por las puertas de Tetuán a la ansiada comitiva.