Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa La mañana se presentó al principio fría y nublada; pero a eso de las siete salió el sol, y sus primeros rayos disiparon la bruma que empañaba la atmósfera…
Todos fijamos los ojos en la alcazaba de Tetuán…
¡Oh, dicha!… ¡La bandera mora no estaba izada! Con anteojos y sin ellos, percibíase claramente el asta, desnuda, lisa, escueta, trazando una delgada línea sobre el azul del cielo…
¡Tetuán se rendía, por consiguiente!… ¡Los emisarios de la plaza no podían tardar!…
Almorzó, pues, rápidamente todo el mundo, y diose prisa a liar su equipaje, mientras que los que ya estábamos libres de estos quehaceres montábamos a caballo y nos dirigíamos a escape a nuestras avanzadas, a fin de ver llegar a la indefectible diputación mora.
Una vez allí, preguntamos a diferentes oficiales, que habían pasado la noche en la trinchera, si había ocurrido algo de particular mientras nosotros dormíamos…