Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa Y ahora séame lícito volver a hablar de mis emociones personales. ¡Qué día el de hoy! Aun prescindiendo de lo que he gozado en él como español y como cristiano, todavía es el más sublime de mi existencia si lo considero por el lado artístico y poético, y atiendo a los maravillosos cuadros que he visto, y a las sorprendentes escenas que han herido mi imaginación. ¡Hoy sí que desconfío de tener fuerzas para describir los múltiples y solemnes espectáculos a que he asistido! ¡Hoy sí que desearía la pluma de Jenofonte, el arpa de Virgilio o el pincel de Rubens, a fin de poder fijar ciertas impresiones y eternizar ciertos instantes!… Pero, aunque no sea mas que reseñados en mi humilde prosa, paso a referir todos los pormenores y accidentes de nuestra feliz entrada en Tetuán y de cuantos objetos extraordinarios llevo vistos en este inolvidable día.
Cuando al amanecer resonó el toque de diana, casi todo el ejército estaba ya de pie.
Dos razones justificaban tanta diligencia: primeramente, todos ansiábamos ver si ondeaba la bandera marroquí sobre las almenas de la alcazaba; y en segundo lugar, queríamos tener dispuesto nuestro equipaje para el momento en que el general en jefe diese la orden de marchar a Tetuán.