Diario de un testigo de la Guerra de Africa
Diario de un testigo de la Guerra de Africa «¡Tetuán por España!». He aquí lo que debemos exclamar todos. Siglos hace que no han resonado en oídos españoles palabras semejantes. ¡La bandera amarilla y roja ondea sobre una ciudad extranjera! ¡Feliz la generación que asiste a esta vuelta de nuestras antiguas glorias! El día de hoy, para sumarse o hallar consonancia, busca otros días análogos en apartados tiempos, y a su vivo fulgor se divisan los muros de Nápoles, de Oran, de Bruselas, de Pavía, de San Quintín, de Méjico, de Roma, de Breda y de otras mil y mil ciudades tomadas por nuestros ilustres antepasados. ¡Venturosos los que presenciamos esta magnífica resurrección!… Las horas de hoy serán eternamente las más grandes y luminosas de nuestra vida. ¡Nada tan digno y noble tendremos que recordar en los días de nuestra vejez, por larga y gloriosa que Dios haga nuestra existencia! Siempre, siempre diremos, llenos de orgullo y de entusiasmo, y como una prueba de que nuestro destino no se ha deslizado inútil y obscuramente: «¡Yo fui uno de los que entraron en Tetuán!».