El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte A su pálida y oblicua luz descendieron del carro nuestros dos viajeros, y cogiendo la Muerte la mano de Gil Gil, le dijo con afable cortesÃa:
—Estás en tu casa: entremos.
Un colosal témpano de hielo se elevaba ante sus ojos.
En medio de aquel témpano, especie de muro de cristal clavado en una nieve tan antigua como el mundo, habÃa cierta prolongada grieta que apenas permitÃa pasar a un hombre.
—Te enseñaré el camino… —dijo la Muerte pasando delante.
El duque de la Verdad se paró, no atreviéndose a seguir a su compañero.
Pero ¿qué hacer? ¿Adónde huir por aquel páramo infinito? ¿Qué camino tomar en aquellas blancas e interminables llanuras del hielo?
—¡Gil! ¿No entras? —exclamó la Muerte.
Gil dirigió al pálido sol una última y suprema mirada, y penetró en el hielo.
Una escalera de caracol, tallada en la misma congelada materia, condújole por retorcida espiral hasta un vasto salón cuadrado, sin muebles ni adorno alguno, todo de hielo también, que recordaba las grandes minas de sal de Polonia o las estancias de mármol de los baños de Ispahán y de Medina.