El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Los límites misteriosos de los continentes y del mar polar, confundidos por eternos hielos; la prominencia o el abismo que, según opuestas opiniones, ha de señalar el paso del eje racional sobre el que gira nuestro globo; el aspecto de la bóveda estrellada, en la cual distinguiría entonces a un mismo tiempo todos los astros que esmaltan los cielos de la América del Norte, de la Europa entera, del Asia, desde Troya hasta el Japón, y de la parte septentrional de los dos océanos; el ardiente foco de la aurora boreal, y, en fin, tantos otros fenómenos como persigue la ciencia inútilmente hace muchos siglos a costa de mil ilustres navegantes que han perecido en aquellas pavorosas regiones, hubieran sido para nuestro héroe cosas tan claras y manifiestas como la luz del día, y nosotros podríamos hoy comunicarlas a nuestros lectores…
Pero, pues, Gil no estaba para semejantes observaciones, ni nosotros podemos hacer cargo de cosa alguna que no tenga relación con nuestro cuento, quédese el género humano en su ignorancia respecto al Polo, y continuemos esta relación.
Por los demás, con recordar nuestros lectores que a la sazón eran los primeros días de un mes de septiembre, comprenderán que el sol brillaba todavía en aquel cielo, donde no había sido de noche ni un solo instante durante más de cinco meses.