El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Comprendo tu extrañeza… —replicó la Muerte—. ¡Te parecÃa verdad!… ¡Eso te dirá lo que es la vida! Los sueños parecen realidades, y las realidades, sueños. Elena y yo hemos triunfado. La ciencia, la experiencia y la filosofÃa han purificado tu corazón, han ennoblecido tu espÃritu, te han hecho ver las grandezas de la tierra en toda su repugnante vanidad, y he aquà que huyendo de la muerte, como lo hacÃas ayer, no huÃas sino del mundo, y que, clamando por un amor eterno, como lo haces hoy, clamas por la inmortalidad. ¡Estás redimido!
—Pero Elena… —murmuró Gil Gil.
—¡Se trata de Dios!… No pienses en Elena. Elena no existe ni ha existido realmente jamás. Elena era la belleza, reflejo de la inmortalidad. Hoy que el Astro de verdad y de justicia recoge sus resplandores, Elena se confunde con Él para siempre. ¡A Él, pues, debes encaminar tus votos!
—¡Ha sido un sueño! —exclamó el joven con indecible angustia.
—Y eso será el mundo dentro de algunas horas: un sueño del Criador.
Diciendo asà la Muerte, levantóse, descubrió su cabeza y alzó los ojos al cielo.
—Amanece en Roma… —murmuró—. Empieza el último dÃa. Adiós. Gil… ¡Hasta nunca!