El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Oh! ¡No me abandones! —exclamó el desgraciado.
—«¡No me abandones!», dices a la Muerte. ¡Y ayer huías de mí!
—¡Oh!… ¡No me dejes aquí solo, en esta región de desconsuelo!… ¡Esto es una tumba!…
—¿Qué? —repuso la negra divinidad con ironía—. ¿Tan mal te ha ido en ella seiscientos años?
—¿Cómo? ¿He vivido aquí?
—¡Vivido! Llámalo como quieras. Aquí has dormido todo ese tiempo.
—¿Conque éste es mi sepulcro?
—Sí…, amigo mío…, y, no bien desaparezca yo, te convencerás de ello. ¡Sólo entonces sentirás todo el frío que hace en esta mansión!
—¡Ah!… ¡Moriré instantáneamente! —exclamó Gil Gil—. Estoy en el polo Boreal.
—No morirás, porque estás muerto; pero dormirás hasta las tres de la tarde, en que despertarás con todas las generaciones.