El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte «Una de dos… —pensé con la rapidez del rayo—: O mi terror tiene fundamento o es una locura; si tiene fundamento, esa mujer habrá echado detrás de mÃ, estará alcanzándome y no hay salvación para mà en el mundo. Y si es una locura, una aprensión, un pánico como cualquier otro, me convenceré de ello en el presente caso y para todos los que me ocurran, al ver que esa pobre anciana se ha quedado en el hueco de aquella puerta preservándose del frÃo o esperando a que le abran; con lo cual yo podré seguir marchando hacia casa muy tranquilamente y me habré curado de una manÃa que tanto me abochorna.»
Formulado este razonamiento, hice un esfuerzo extraordinario y volvà la cabeza.
¡Ah! ¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Qué desventura! ¡La mujer alta me habÃa seguido con sordos pasos, estaba encima de mÃ, casi me tocaba con el abanico, casi asomaba su cabeza sobre mi hombro!