El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Llora, sÃ, hombre, llora! ¡Y ojalá ese dolor pudiera sentirse muchas veces!
—Mi amigo Telesforo —continuó Gabriel después que hubo apurado otro vaso de vino— descansó también un momento al llegar a este punto, y luego prosiguió en los términos siguientes:
—Si mi historia terminara aquÃ, acaso no encontrarÃas nada de extraordinario ni sobrenatural en ella, y podrÃas decirme lo mismo que por entonces me dijeron dos hombres de mucho juicio a quienes se la conté: que cada persona de viva y ardiente imaginación tiene su terror pánico; que el mÃo, eran las trasnochadoras solitarias, y que la vieja de la calle de Jardines no pasarÃa de ser una pobre sin casa ni hogar, que iba a pedirme limosna cuando yo lancé el grito y salà corriendo, o bien una repugnante Celestina de aquel barrio, no muy católico en materia de amores…
También quise creerlo yo asÃ; también lo llegué a creer al cabo de algunos meses; no obstante lo cual hubiera dado entonces años de vida por la seguridad de no volver a encontrarme a la mujer alta. ¡En cambio, hoy darÃa toda mi sangre por encontrármela de nuevo!
—¿Para qué?
—¡Para matarla en el acto!
—No te comprendo…