El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Aquà ha estado —me respondió visiblemente conmovido—, esperando a usted desde las once hasta las dos y media, el señor comandante Falcón, y me ha dicho que, si venÃa usted a dormir a casa, no se desnudase pues él volverÃa al amanecer…
Semejantes palabras me dejaron frÃo de dolor y espanto, cual si me hubieran notificado mi propia muerte… Sabedor yo de que mi amadÃsimo padre, residente en Jaén, padecÃa aquel invierno frecuentes y peligrosÃsimos ataques de su crónica enfermedad, habÃa escrito a mis hermanos que en el caso de un repentino desenlace funesto telegrafiasen al comandante Falcón, el cual me darÃa la noticia de la manera más conveniente… ¡No me cabÃa, pues, duda de que mi padre habÃa fallecido!
Sentéme en una butaca a esperar el dÃa y a mi amigo, y con ellos la noticia oficial de tan grande infortunio, y ¡Dios sólo sabe cuánto padecà en aquellas dos horas de cruel expectativa, durante las cuales (y es lo que tiene relación con la presente historia) no podÃa separar en mi mente tres ideas distintas, y al parecer heterogéneas, que se empeñaban en formar monstruoso y tremendo grupo: mi pérdida en el juego, el encuentro con la mujer alta y la muerte de mi honrado padre!
A las seis en punto penetró en mi despacho el comandante Falcón, y me miró en silencio… Arrojóme en sus brazos llorando desconsoladamente, y él exclamó acariciándome: