El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte En esto vi aparecer a un sereno por la calle del Caballero de Gracia, y lo llamé sin desviarme del sitio: dÃjele, para justificar la llamada y excitar su celo, que en la calle de Jardines habÃa un hombre vestido de mujer; que entrase en dicha calle por la de Peligros, a la cual debÃa dirigirse por la de la Aduana; que yo permanecerÃa quieto en aquella otra salida y que con tal medio no podrÃa escapársenos el que a todas luces era un ladrón o un asesino.
Obedeció el sereno; tomó por la calle de la Aduana, y cuando yo vi avanzar su farol por el otro lado de la de Jardines, penetré también en ella resueltamente.
Pronto nos reunimos en su promedio, sin que ni el uno ni el otro hubiésemos encontrado a nadie, a pesar de haber registrado puerta por puerta.
—Se habrá metido en alguna casa… —dijo el sereno.
—¡Eso será! —respondà yo abriendo la puerta de la mÃa, con firme resolución de mudarme a otra calle al dÃa siguiente.
Pocos momentos después hallábame dentro de mi cuarto tercero, cuyo picaporte llevaba también siempre conmigo, a fin de no molestar a mi buen criado José.
¡Sin embargo, éste me aguardaba aquella noche! ¡Mis desgracias del 15 al 16 de noviembre no habÃan concluido!
—¿Qué ocurre? —le pregunté con extrañeza.