El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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La idea de la muerte ofrecióse entonces a su imaginación, no entre las sombras del miedo y las convulsiones de la agonía, sino afable, bella y luminosa, como la describe Espronceda.

El desgraciado cruzó los brazos contra su corazón como para retener aquella dulce imagen que tanto descanso, tanta gloria y tanta dicha le ofrecía, y, al hacer este movimiento, sintió que sus manos se posaban sobre una cosa dura que tenía en el bolsillo.

La reacción fue súbita; la idea de la vida, o de la conservación, que corría atribulada por el cerebro de Gil Gil huyendo de la otra idea que hemos enunciado, asióse con toda su fuerza a aquel inesperado accidente que se le presentaba en el borde mismo del sepulcro.

La esperanza murmuró en su oído mil seductoras promesas que le indujeron a sospechar si aquella cosa dura que había tocado sería dinero o una enorme piedra preciosa, o un talismán…; algo, en fin, que encerrase la vida, la fortuna, la dicha y la gloria (que para él se reducían al amor de Elena de Monteclaro), y, diciendo a la muerte: Aguarda…, se llevó la mano al bolsillo.

Pero, ¡ay!, la cosa dura era el barrilillo de ácido sulfúrico, o, por decirlo más claramente, de aceite vitriolo, que le servía para hacer betún, y que, último resto de sus útiles de zapatero, se hallaba en su faltriquera por una casualidad inexplicable.


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