El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte De consiguiente, allà donde el desgraciado creyó ver un áncora de salvación, encontraron sus manos un veneno, y de los más activos.
—¡Muramos, pues! —se dijo entonces.
Y se llevó el bote a los labios…
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Y una mano frÃa como el granizo se posó sobre sus hombros, y una voz dulce, tierna, divina, murmuró sobre su cabeza estas palabras:
—¡HOLA, AMIGO!
De cómo Gil Gil aprendió medicina en una hora
Ninguna frase pudiera haber sorprendido tanto a Gil Gil como la que acababa de escuchar:
—¡Hola, amigo!
Él no tenÃa amigos.
Pero mucho más le sorprendió la horrible impresión de frÃo que le comunicó la mano de aquella sombra, y aun el tono de su voz, que penetraba, como el viento del polo, hasta la médula de los huesos.
Hemos dicho que la noche estaba muy oscura…
El pobre huérfano no podÃa, por consiguiente, distinguir las facciones del ser recién llegado, aunque sà su negro traje talar, que no correspondÃa precisamente a ninguno de los dos sexos.