El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Lleno de dudas, de misteriosos temores y hasta de una curiosidad vivÃsima, levantóse Gil del tranco de la puerta en que seguÃa acurrucado, y murmuró con voz desfallecida, entrecortada por el castañeteo de sus dientes:
—¿Qué me queréis?
—¡Esto te pregunto yo! —respondió el ser desconocido, enlazando su brazo al de Gil Gil con familiaridad afectuosa.
—¿Quién sois? —replicó el pobre zapatero, que se sintió morir al frÃo contacto de aquel brazo.
—Soy la persona que buscas.
—¡Quién!… ¿Yo?… ¡Yo no busco a nadie! —replicó Gil queriendo desasirse.
—Pues ¿por qué me has llamado? —repuso aquella persona, estrechándole el brazo con mayor fuerza.
—¡Ah!… Dejadme…
—TranquilÃzate, Gil, que no pienso hacerte daño alguno… —añadió el ser misterioso—. ¡Ven! Tú tiemblas de hambre y de frÃo… Allà veo una hosterÃa abierta, en la que cabalmente tengo que hacer esta noche… Entremos y tomarás algo.
—Bien…; pero ¿quién sois? —preguntó de nuevo Gil Gil, cuya curiosidad empezaba a sobreponerse a los demás sentimientos.