El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Ya te lo dije al llegar: somos amigos… ¡Y cuenta que tú eres el único a quien doy este nombre sobre la tierra! ¡Úneme a ti el remordimiento!… Yo he sido la causa de todos tus infortunios.
—No os conozco… —replicó el zapatero.
—¡Sin embargo, he entrado en tu casa muchas veces! Por mà quedaste sin madre al tiempo de nacer; yo fui causa de la apoplejÃa que mató a Juan Gil; yo te arrojé del palacio de Rionuevo; yo asesiné un domingo a tu vieja compañera de casa; yo, en fin, te puse en el bolsillo ese bote de ácido sulfúrico…
Gil Gil tembló como un azogado; sintió que la raÃz del cabello se le clavaba en el cráneo, y creyó que sus músculos crispados se rompÃan.
—¡Eres el demonio! —exclamó con indecible miedo.
—¡Niño! —contestó la enlutada persona en son de amable censura—. ¿De dónde sacas eso? ¡Yo soy algo más y mejor que el triste ser que nombras!
—¿Quién eres, pues?
—Entremos en la hosterÃa y lo sabrás.
Gil entró apresuradamente; puso al desconocido ser delante del humilde farol que alumbraba el aposento, lo miró con avidez inmensa…