El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Por lo demás, cualquiera que hubiese examinado a la esplendorosa luz de la luna el rostro del ex-zapatero, habrÃa echado de ver que la melancólica hermosura que siempre lo hizo admirable habÃa subido de puntos de una manera extraordinaria… Sus ojos, de un negro aterciopelado, reflejaban ya aquella paz misteriosa que reinaba en los de la personificación de la Muerte. Sus largos y sedosos cabellos, oscuros como las alas del cuervo, adornaban una fisonomÃa pálida como el alabastro de las tumbas, radiosa y opaca a un mismo tiempo, cual si dentro de aquel alabastro ardiese una luz funeral que se filtrara tenuemente por sus poros. Su gesto, su actitud, su ademán, todo él se habÃa transfigurado, adquiriendo cierto aire monumental, eterno, extraño a toda relación con la naturaleza, y que indudablemente, dondequiera que Gil se presentase, lo harÃa superior a las mujeres más insensibles, a los poderosos más soberbios, a los guerreros más esforzados. Andaban y andaban los dos amigos hacia la sierra, unas veces por el camino y otras fuera de él.
Siempre que pasaban por algún pueblo o caserÃo, lentas campanadas, vibrando en el espacio en son de agonÃa, anunciaban a nuestro joven que la Muerte no perdÃa su tiempo; que su brazo alcanzaba a todas partes, y que, no por sentirlo él sobre su corazón como una montaña de hielo, dejaba de cubrir de luto y de ruinas todo el haz de la dilatada tierra.