El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte ¡Falso Carlos V, las tentaciones del mundo le asaltaban en el desierto, y pagaba harto cara, en aquellas horas de incertidumbre, la hipocresÃa de su abdicación!
Tal era la circunstancia en que nuestro amigo Gil Gil se anunciaba al meditabundo Felipe, diciéndose portador de importantÃsimas noticias.
—¿Qué me quieres? —preguntó el Rey sin mirarlo cuando lo sintió dentro de la cámara.
—Señor, mÃreme vuestra majestad —respondió Gil Gil con desenfado—. No tema que lea sus pensamientos, pues no son un misterio para mÃ.
Felipe V se volvió bruscamente hacia aquel hombre, cuya voz, seca y frÃa como la verdad que revelaba, habÃa helado la sangre en su corazón.
Pero su enojo se estrelló en la fúnebre sonrisa del amigo de la Muerte.
Sintióse, pues, poseÃdo de supersticioso terror al fijar sus ojos en los de Gil Gil, y llevando una mano trémula a la campanilla de la escribanÃa que adornaba la mesa, repitió su primera pregunta:
—¿Qué me quieres?
—Señor, yo soy médico… —respondió el joven tranquilamente—, y tengo tal fe en mi ciencia que me atrevo a decir a vuestra majestad el dÃa, la hora y el instante en que ha de morir Luis I.