El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Felipe V miró con más atención a aquel niño cubierto de harapos, cuyo rostro tenÃa tanto de hermoso como de sobrenatural.
—Habla… —dijo por toda contestación.
—¡No tan asÃ, señor Rey! —replicó Gil con cierto sarcasmo—. ¡Antes hemos de convenir el precio!
El francés sacudió la cabeza al oÃr estas palabras, como si despertase de un sueño; vio aquella escena de otro modo, y casi se avergonzó de haberla tolerado.
—¡Hola! —dijo, tocando la campanilla—. ¡Prended a este hombre!
Un capitán apareció, y puso su mano sobre el hombro de Gil Gil.
Éste permaneció impasible.
El Rey, volviendo a su anterior superstición, miró de reojo al extraño médico… Levantóse luego trabajosamente, pues la languidez que sufrÃa hacÃa algunos años se habÃa agravado aquellos dÃas, y dijo al capitán de guardias:
—Déjanos solos.
Plantóse, por último, enfrente de Gil Gil, cual si quisiera perderle el miedo, y le preguntó con fingida calma:
—¿Quién diablos eres, cara de búho?
—¡Soy el amigo de la Muerte! —respondió nuestro joven sin pestañear.