El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Muy señora mÃa y de todos los pecadores… —dijo el Rey con aire de broma a fin de disfrazar su pueril espanto—. ¿Y qué decÃas de nuestro hijo?
—Digo, señor —exclamo Gil Gil dando un paso hacia el Rey, quien retrocedió a su pesar—, que vengo a traeros una corona…; no os diré si la de España o la de Francia, pues éste es el secreto que habéis de pagarme. Digo que estamos perdiendo un tiempo precioso, y que, por consiguiente, necesito hablaros pronto y claro. OÃdme, por tanto, con atención. Luis I está agonizando… Su enfermedad es, sin embargo, de las que tienen cura… Vuestra Majestad es el perro de la fábula…
Felipe V interrumpió a Gil Gil:
—¡Di!… ¡Di lo que gustes! Deseo oÃrlo todo… ¡De todas maneras voy a tener que ahorcarte!…
El amigo de la Muerte se encogió de hombros y continuó:
—DecÃa que vuestra majestad es el perro de la fábula. TenÃais en la cabeza la corona de España; os bajasteis para coger la de Francia; se os cayó la vuestra sobre la cuna de vuestro hijo; Luis XV se ciñó la suya, y vos os quedasteis sin la una y sin la otra…
—¡Es verdad! —exclamó Felipe V, si no con la voz, con la mirada.