El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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Aunque la condesa de Rionuevo, la terrible enemiga de Gil Gil, hace tan odioso papel en nuestra historia, no era, como muchos habrán quizá imaginado, una mujer vieja o fea, o fea y vieja a un mismo tiempo… La naturaleza física es también hipócrita algunas veces.

La ilustre moribunda, que a la sazón tendría treinta y cinco años, se hallaba en toda la plenitud de una magnífica hermosura. Era alta, recia y muy bien formada. Sus ojos, azules como la mar, pérfidos como ella, encubrían hondos abismos bajo su apariencia lánguida y suave.

La frescura de su boca, la morbidez de sus facciones revelaban que ni el dolor ni la pasión habían trabajado nunca aquella insensible belleza. Así es que al verla ahora caída y paciente, dominada por el terror y vencida por el sufrimiento, el alma menos compasiva hubiera experimentado cierta rara piedad muy parecida al susto o al espanto.

Gil Gil, que tanto odiaba a aquella mujer, no dejó de sentir esta complicada impresión de lástima y asombro, y cogiendo maquinalmente la hermosa mano que le tendía la enferma, murmuró con más tristeza que resentimiento:

—¿Me conocéis?

—¡Salvadme! —respondió la moribunda sin escuchar la pregunta de Gil Gil.


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