El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Yo!… —exclamó la Muerte con cierto terror sarcástico—. ¡Dios me libre!… Yo no lo he matado… Él se ha muerto.
—¡Ah!
—¡Chitón!… Nadie lo sabe todavÃa… Su familia cree en este instante que el pobre joven está durmiendo la siesta. Conque… ¡a ver cómo te portas! Elena, la condesa y el duque se hallan a dos pasos de ti… ¡Ahora, o nunca!
Y asà diciendo, la Muerte se acercó al lecho de la enferma.
Gil Gil siguió sus pasos.
Muchas de las personas que se hallaban en el aposento, entre ellas el duque de Monteclaro, sabÃan ya el vaticinio de Gil respecto a que antes de tres horas morirÃa la condesa de Rionuevo; asà es que al verlo casi cumplido, pues de buena y alegre que se hallaba la dama pocos momentos antes, habÃase convertido de pronto en un tronco inerte, que agitaban por intervalos violentas convulsiones, empezaron todos a mirar a nuestro amigo con supersticioso terror y fanática idolatrÃa.
La condesa, por su parte, no bien distinguió a Gil, tendió hacia él una mano trémula y suplicante, mientras con la otra hacÃa seña de que los dejasen solos.
Alejáronse todos del lecho, y Gil se sentó al lado de la moribunda.
El alma