El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¿Se ha muerto? —preguntó el médico a la Muerte.
—No. Aún le queda media hora.
—Pero… ¿hablará todavÃa?
—¡Gil!… —suspiró la moribunda.
—Acaba… —añadió la Muerte.
El joven se inclinó sobre la condesa, cuyo hermoso semblante resplandecÃa con una belleza nueva, inmortal, divina; y de aquellos ojos, donde el fuego de la vida se quebraba en lánguidas y melancólicas luces; de aquella boca anhelante y entreabierta que la fiebre coloreaba; de aquellas manos suaves y ardorosas; de aquel blanco cuello que se extendÃa hacia él con infinita angustia, recibió tan elocuente expresión de arrepentimiento y ternura, tan Ãntima caricia y frenético ruego, tan infinita y solemne promesa, que, sin vacilar un instante, apartóse del lecho, llamó al duque de Monteclaro, al arzobispo y a otros tres nobles de los muchos que habÃa en la cámara y les dijo:
—Escuchad la confesión pública de un alma que vuelve a Dios.
Los personajes susodichos se acercaron a la moribunda, arrastrados más por el inspirado rostro que por las palabras de Gil Gil.