El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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—¡Me preguntáis quién soy! —respondió Gil comprendiendo todo esto—. ¡Ya no lo sé yo! Era vuestro mortal enemigo; pero ahora ya no os odio. ¡Habéis oído la voz de la verdad…, la voz de la muerte…, y vuestro corazón ha respondido! ¡Dios sea loado! ¡Yo venía a este lecho de dolor a pediros la felicidad de mi vida…, y ya me iría gustoso sin ella porque creo haber labrado vuestra felicidad…, porque he salvado vuestra alma! ¡Jesús divino: he aquí que he perdonado las injurias y hecho el bien a mi enemigo!… Estoy satisfecho…; soy feliz…; no pido más.

—¿Quién eres, misterioso y sublime niño? ¿Quién eres tú, tan bueno y tan hermoso, que vienes como un ángel a la cabecera de mi lecho de agonía, y me haces tan dulces mis últimos momentos? —preguntó la condesa, cogiendo con ansia las manos de Gil Gil.

—¡Yo soy el amigo de la Muerte!… —respondió el joven—. No extrañéis, pues, que serene vuestro corazón. Yo os hablo en nombre de la Muerte, y por eso me habéis creído. Yo he venido a vos delegado por aquella divinidad piadosa que es la paz de la tierra, que es la verdad de los mundos, que es la redentora del espíritu, que es la mensajera de Dios, que lo es todo, menos el olvido. El olvido está en la vida, condesa, no en la muerte. Recordad… y me conoceréis.

—¡Gil Gil! —exclamó la condesa, perdiendo el sentido.


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